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lunes, 4 de junio de 2012

Viridis. Capítulo 3. Algo huele mal.


Cuando el ascensor la dejó en la planta principal del centro comercial el ruido de las celebraciones era estremecedor, chillidos y gritos de euforia llegaban de cualquier rincón. Pero no era eso lo que ella había oído desde abajo. Apoyados a la pared y de espaldas al resto en la zona de contenedores, habían unos cuantos aficionados echando la pota, el repugnante sonido de su regurgitación le revolvió las tripas, no miró pero a su cabeza llegaron imágenes de bocas abiertas hasta la fisura chorreando un hilillo de bilis y tropezones entre tosidos. Se habría largado de allí cuanto antes de no haberse interpuesto en su camino una figura delgada y oscura, como un cuervo. Era su jefe.



-¿Se puede saber por qué te has ido al almacén con la que hay montada ahí afuera? La prioridad ahora es despejar la terraza, ¿es que no te entra en la cabeza que cada cosa tiene su momento?



Sofi no respondió gran cosa, se limitó a contarle que sus compañeros le habían pedido adelantar parte del trabajo final para poder acabar antes. Pero sabía que todo intento de razonar o discutir con él acabaría por empeorarlo todo, por muchos motivos a favor con los que contase, a veces era mejor darle la razón pese a que no la tuviera. Con este tipo de gerentes lo mejor era ir cediendo poco a poco hasta que acabasen por cometer un error tan gordo que a los mandamases no les quedara otra que relevarlos de su cargo. Y tenía suficiente experiencia analizando y catalogando a sus jefes, sabía qué podía esperar de cada uno y hasta donde llegaba su compromiso con los mandamases, con el negocio y con sus subordinados. Este era de los difíciles de tratar, competente pero corrupto, además, siempre tenía salidas para todo y parecía disfrutar manteniendo una disciplina casi sádica con el resto de trabajadores. Así que Sofi tragó saliba y se dispuso a aguantar el chaparrón, “qué mierda que a este maricón no le guste el fútbol, ya podía estar dando saltos de alegría como el resto de personas normales”, dijo para sí.



-¿Y desde cuándo los trabajadores de este restaurante deciden y cambian los procedimientos de clausura sin consultar con su gerente?- la miró desdeñoso, probablemente desconfiaba de ella desde aquella vez que Sofi lo descubrió tomando coca con sus amigos en el aparcamiento de una discoteca. Si ella se iba de la lengua, sería la comidilla del lugar durante un buen tiempo, y esas historias de consumo de drogas vendrían aderezadas por otras más sórdidas, fruto de la más perversa imaginación de las cocineras, para mayor goce del personal. Lo tenía claro, no permitiría que se destapase el pastel y los mandamases empezaran a desconfiar de él, tenía demasiado que ocultar sobre su nada clara gestión de los recursos del local... Y si Sofi tenía que ir a la puta calle para salvar su pellejo, a él no le temblaría la voz para acusarla de lo que hiciese falta.



Lo peor de todo era que Sofi lo sabía, pero necesitaba los cuartos, y además se sentía cómoda en aquel lugar. Así que fingió que no estaba molesta y pisoteando su amor propio admitió que tenían que habérselo consultado a él antes, que dado el estrés de día se le había pasado por alto, que fue por una buena causa y que tuviera en cuenta lo mucho que han trabajado aquella noche, también dijo que no volvería a ocurrir.



Acto seguido guardó lo que había traído del almacén y se fue a ayudar a sus compañeros, bajando de las mesas a las clientes borrachas que bailaban sobre ellas, a despegar a sobones pesadicos de sus compañeras más macizorras y a colaborar en poner un poco de orden en el lugar. Qué asco tener que currar cuando prácticamente todo el mundo alrededor de ti está en plena juerga, eso era lo que más detestaba de todo, incluso por encima de tener que soportar a su jefe.



El jaleo era tal, que nadie oyó aquel grito de mujer, un chillido estridente, de terror, de alguien que ha caído presa del pánico y está viendo la muerte con sus propios ojos...

martes, 8 de mayo de 2012

Viridis. Capítulo 2. Brote

Sofi extendió su mano hasta tocar el botón del ascensor de servicio, mientras esperaba, podía oír los gritos de júbilo de la masa embriagada por el triunfo de su equipo, iba a ser una noche larga en la ciudad, miles de aficionados se preparaban para armar mucho jaleo con sus bocinas y sus bufandas por las calles, molestando hasta altas horas. Las puertas se abrieron y del interior surgió una sombra, indecisa, de espaldas a ella, con la barbilla hundida en el pecho. Sofi se quedó esperando a que la figura se decidiese a abandonar el ascensor, pero algo no parecía ir bien.


-¿Te pasa algo?- preguntó Sofi.

La silueta se giró y mostró un semblante aterrorizado:

-He visto algo terrible ahí abajo... no lo vas a creer.

Al verla, Sofi reconoció a la chica, era camarera en el restaurante que había frente al suyo, se habían parado a charlar muchas veces en esa zona, sobre todo acerca de los oscuros sótanos del centro comercial. En más de una ocasión se gastaban bromas entre los propios trabajadores al bajar a los almacenes del sótano, a veces aguardaban tras uno de los múltiples coches abandonados que poblaban esos sótanos-garaje en desuso, esperaban a que un despreocupado colega bajara para reabastecer su local, y en cuanto menos se lo esperase le saltaban entre sonidos guturales y espasmos incontrolados. El resultado era casi siempre el mismo: gritos e impromerios resonando entre las paredes del sótano desierto, incluso había quien salía corriendo entre chillidos histéricos, estos eran los objetivos preferidos de los bromistas.

Sofi pensó que esta era una de esas noches, aunque le costaba imaginarse a sus colegas con muchas ganas de cachondeo después del palizón a trabajar que se habían pegado.

-No te preocupes, que ya bajo yo a por limones y de paso me llevo un par de ajos y se lo explico al Conde Drácula, a Frankenstein, al hombre lobo o a quien haga falta- dijo Sofi con convicción.

-No es coña, hay algo ahí abajo, las curianas estaban volando en bandadas como si fuesen gorriones, y había algo, algo se movía por el suelo reptando a toda velocidad, ¡te lo juro que no me lo estoy inventando!

-Que sí que sí, mira, tú no te preocupes que llevo una biblia y un crucifijo en el bolsillo por si hay que exhortizar lo que sea, y si no vuelvo en cinco minutos, te doy permiso para llamar a los cazafantasmas.

Sofi se acercó para pasarle una mano por la mejilla en ademán tranquilizador pero su compañera rehusó el gesto. Tenía la cara completamente sudada “qué se habrá metido ésta” pensó Sofi. Reparó también en que el dedo meñique de su colega había una pequeña manchita de sangre. Apostilló con una nueva broma para rebajar tensión:

-¿Eso quién te lo hizo? ¿El chupacabras?

La otra se miró sorprendida la mano...”esta noche no me he cortado con nada... ha debido ser al agacharme a coger las llaves... No bromeo, hay algo y me ha debido morder... una rata o algo...”

Sofi ya no podía contenerse más la risa y soltó una carcajada liberadora, “sí, probablemente haya sido un caimán mutante de las alcantarillas” y sin seguir dándole palique se metió en el ascensor y pulsó el botón del -2, una vez dentro, puede que por los nervios, sintió una punzada risueña en los mejillas y se llevó una mano a la boca para tapar su descarada risotada. A saber lo que le esperaba ahí abajo.

Pero, contrario a lo que pudiera imaginarse, no se topó con nada, tomó la precaución de encender todas las luces para evitar ser sorprendida por ninguno de los camareros del otro restaurante, pero se ve que éstos, de haber perpetrado antes su broma, se habrían apresurado a regresar en el otro ascensor para contemplar, en actitud victoriosa, el humillante regreso de su compañera asustada.

Sofi no vio ni rastro de ellos, ni siquiera se topó con ninguna curiana, el lugar estaba desolado y el ambiente sordo de las celebraciones que se llevaban a cabo plantas más arriba llegaba por la inutilizada puerta del garaje. Lo que sí vio fue el lugar bastante encharcado, una serie de recientes lluvias torrenciales provocaron desbordamientos del río Segura algunos kilómetros antes de Murcia, y por las paredes se filtraba una gran cantidad de humedad que se deslizaba hacia abajo en hileras, el nivel freático había alcanzado el subterráneo del centro comercial y con sus acuosas zarpas lo rodeaba.

Tras cerrar la puerta de su almacén, Sofi se cercioró de que llevaba consigo todo lo que le hacía falta al restaurante, se echó las llaves al bolsillo y esta vez le pareció ver la sombra de un roedor bebiendo de uno de los charcos, pero fue una imagen fugaz, pues las luces se apagaron en ese preciso instante. Cuando encontró el interruptor temporizado, la silueta había desaparecido y ella volvió a encontrarse en plena soledad.

Se dirigió hacia el ascensor y conforme se acercaba empezó a oír de nuevo el rugido de las celebraciones de más arriba, aunque algo había cambiado en el tono del rumor. Algo distinto que no lograba discriminar desde ahí abajo. Entró en el ascensor y pulsó el botón que le conduciría a la planta baja, al amasijo de personas entregadas a la fiesta y el jolgorio.

domingo, 6 de mayo de 2012

Viridis. Capítulo 1. La Sofi.


De un giro, Sofi se impulsó para arrojar la pesada bolsa de basura al contenedor. “Ea”, dijo a la par que palmeaba sus manos en un gesto de aprobación. Le había quedado muy profesional el lanzamiento, digno de unas olimpiadas. Era la cuarta bolsa que tiraba esa noche, algo inusual para ese día de la semana, sin duda la jornada había sido fuerte por la gran cantidad de personas que acudieron a ver la final de la Liga de Campeones, partido en el que un equipo español se jugaba el título. Se contaban por millares los aficionados que se habían dado cita para animar a su equipo y tomarse unas cervecillas mientras veían el partido en la pantalla gigante que dominaba el patio central del centro comercial.

Sofi no prestaba demasiada atención a esas cosas, ni siquiera sabía qué equipos se habían enfrentado. Para ella el fútbol era terriblemente aburrido, y tener que soportar a tanto cliente eufórico tampoco le generaba mayores simpatías hacia el deporte rey. Lo único importante del asunto es que los jefes quedaran contentos ante tal avalancha de clientes, a los camareros les venía en el sueldo soportar todo ese apabullamiento del gentío y darse vidilla para sacarlo adelante. Y si además, después de todas las innumerables cosas que fallaron aquella noche, el local cerraba sin una hoja de reclamaciones, entonces podían darse con un canto en los dientes.

Con el dorso de una mano se secó el sudor de la frente y se echó a un lado un par de trencitas multicolor, se palpó infructuosamente los bolsillos en busca de su paquete de cigarrillos y su encendedor, pensó en cuánto había fumado esa semana pero no consiguió construir un pensamiento más elaborado que pudiera ayudarle a recordar dónde había dejado sus cigarrillos o qué beneficios podría aportarle una vida sin tabaco. Pensar no era lo suyo, aunque de manera casi inconsciente, siempre solía encontrar salidas a casi todos los problemas con los que se iba topando, y no eran malas soluciones. Sofi era ante todo una persona sencilla pero práctica. Le gustaba guarrearse el pelo de colorines y vestir como una hippy, sus gustos musicales tampoco eran mucho más refinados, aunque sentía una especial debilidad por todo aquello que viniese de Oriente o se interpretase con instrumentos rústicos. Entre sus aficiones no se contaban visitar al gimnasio, hacerse la depilación láser o visitar asiduamente la biblioteca; su juventud la había pasado rodeada de drogas blandas, fuera de un aula cada vez que tenía opción y de fiesta en fiesta hasta que tuvo edad y contactos para acceder a raves y codearse con la crema social de la degeneración neuronal. No la clase de vida que papaíto quisiera para su cielito. No lo que el doctor canoso de la tele pudiera considerar un estilo de vida saludable. No lo que los señores del gobierno pusieran como ejemplo a seguir para la juventud.

Pero la vida seguía, y pese al sumatorio de malas influencias, decisiones equivocadas e inadaptación social que lastraba su vida, ella no parecía demasiado preocupada. Tenía un sueldo al que aferrarse y un grupo de gente al que llamar clan de amigos. Las cosas podían ir mucho peor y ella lo sabía bien, durante su juventud conoció una infinidad de malos ejemplos con los que compararse y subir su autoestima en los momentos de bajona existencial. Es probable que la vida resulte mucho más fácil si naces en una cárcel de pensamiento único que vele por tu porvenir, pero ella era no tenía elementos de juicio para imaginarse viviendo una vida diferente en una jaula de cristal. En su veintena larga, ella se sentía una mujer hecha a sí misma, libre y conocedora de sus límites, hubo hombres y también mujeres, pero ahora se encontraba libre y a la expectativa.

MORTEM VIRIDIS. PRÓLOGO

El primer cuarto del siglo XXI fue testigo de terribles momentos de penuria. Las numerosas crisis económicas y bancarrotas gubernamentales derivaron en un insostenible malestar social que provocó el auge de radicalismos de todo color.

No solo había conflictos a nivel estatal, la competencia por obtener los menguantes recursos y materias primas del planeta fue en aumento, llegando a provocar fuertes tensiones y hostilidades abiertas entre varias naciones de lo que entonces se llamaba el primer mundo, algo impensable algunas décadas atrás.

Ante la escalada de violencia urbana, los gobiernos se vieron abocados a desviar el foco de los problemas verdaderos fuera de sus fronteras, avivando el clima de aversión y xenofobia que desde algunos sectores de la sociedad se estaba implantando. Ni siquiera eso les ayudó a mantener sus escaños y sus puestos en los gobiernos, el resultado de unas elecciones podían fácilmente cambiar de signo de unos comicios a los siguientes, pasando de un extremo a otro: el caldo de cultivo perfecto para el caos y el desgobierno.

De entre todo este descontento surgieron sociedades secretas, algunas apostaban por la unificación definitiva de los pueblos del planeta y derruir toda frontera para un futuro que auspiciaban armonioso y grandioso para la Humanidad, mientras que otras reclamaban desandar el camino de la globalización y retornar al viejo modelo de los estados-nación, añorantes de épocas pretéritas y arropadas por sueños de estabilidad, progreso o gloria. No había un programa único para la gran mayoría de estos lobbies, lo que importaba en los discursos de estos grupos era inspirar a la ciudadanía y ponerla de su lado, aun a costa de contradecirse continuamente.

Pese a no haber declaradas abiertamente guerras, los gobiernos trabajaban a destajo desarrollando nuevas armas e ingenios que permitieran a sus países protegerse en caso de conflicto armado. Las cicatrices de Verdún o los recuerdos de Auschwitz parecían haber desaparecido de la memoria colectiva, y la situación se había tornado lo suficientemente dramática como para no andarse con remilgos a la hora de dar a luz nuevos monstruos bélicos.

Nuestra historia tiene su origen en uno de esos laboratorios que oficialmente no aparecen en ningún registro del Ministerio de Defensa ni en sus partidas presupuestarias, la instalación que lo alberga tampoco se encuentra en ningún mapa, solo es un espacio en blanco al final de una carretera. El típico lugar cuyos trabajadores firman cláusulas de confidencialidad y cuyos planos de arquitectura se perdieron misteriosamente una vez terminada la obra. Un lugar al margen de la ley y del escrutinio público.

Únicamente los más altos cuadros militares y una minoría del gobierno tenían constancia de que ese lugar existiese, y de entre todos ellos tan solo una ínfima parte estaba al tanto de los experimentos que allí se realizaban. Yo soy una de esas personas. Y ruego al privilegiado lector que sea prudente y se abstenga de propagar este secreto que voy a desvelarle, ya que aún quedan peces gordos interesados en que toda esta información quede a la sombra. Que esto quede entre tú y yo.

Hace no muchos años, durante un seco mes de mayo, se produjo un terremoto con epicentro unos kilómetros al oeste de la Sierra de Carrascoy, en el interior de la Región de Murcia, no fue un gran seísmo, sin embargo, dada la superficialidad a la que se produjo el foco, causó severos daños. La ya mencionada instalación secreta no quedó indemne, y aunque no hubo que lamentar graves daños a primera vista, los responsables del centro se llevaron las manos a la cabeza cuando descubrieron grietas en la estructura que albergaba uno de sus tanques de pruebas. La reacción fue inmediata, pero pese a haber sellado la estancia, parte del contenido de uno de los tanques con agentes bacteriológicos se filtró al suelo. Era cuestión de rezar para que no pasara nada, pero también era cuestión de tiempo para que sucediese...

A los pocos días, se obtuvieron extraños resultados en una medición rutinaria de aguas del Río Mula a la altura de Albudeite, localidad muy próxima a la instalación clandestina. La contención había fracasado, la caja de Pandora se había desatado y avanzaba por los canales de riego y los trasvases hacia mayores focos de población, a la ávida caza de víctimas...

miércoles, 9 de noviembre de 2011

The Show. Capítulo 24. Una mala elección

El Rolls avanzaba decidido por las avenidas de la gran manzana, iluminado por el basto mar de cristaleras que inunda el sur de Nueva York. Su destino se hallaba en un estrecho callejón del barrio chino, allí, la penumbra y la ausencia de testigos le permitiría llevar a cabo su intercambio alejado de miradas indiscretas. Pensó para sí mismo que todo estaba saliendo a pedir de boca. Lo que no sabía es que Gabrielle aún no había jugado su última carta.

Detrás de su coche, un par de luces seguían a las del Rolls, dentro de la cabina se adivinaba una esbelta cabeza de mujer. Envuelta en las sombras, sus ojos brillaban con algún reflejo nocturno, decididos a alcanzar a ese que tanto daño le había hecho en su vida.

Era Ebba.

Estaba allí por capricho de Gabrielle. En cuanto se enteró de quién era esa joven y cómo había acabado viviendo de aquella manera, le entró una subida de leche y se sintió responsable de la vida de aquella desgraciada.

Y un carajo. Si eres timadora no puedes tener conciencia ni remordimientos. Eso acaba jodiéndolo todo.

Rolfe no pudo hacer nada para hacerla desistir, Ebba vendría con ellos y Gabrielle resarciría parte de su conciencia regalándole una nueva vida a la chica pordiosera. Se estaba ablandando con la edad. Cuando se hacen cosas con las que uno no está agusto, al final te pasa que no puedes dormir por las noches. Eso parecía estar pasándole factura a Gabrielle.

Sin embargo, Ebba tenía otra misión de la cual Rolfe no tenía ni idea. Su cometido era vigilarle a él, para evitar que se saliera del plan establecido, tal y como estaba sucediendo esa madrugada.

Dobló un par de curvas, los neumáticos gimieron ante la brusquedad del giro. Se detuvo en un semáforo y junto a él se colocó un coche. Bajó la ventanilla y de ella salió una nueve milímetros.

-Fin del trayecto gilipollas.

Continuará...

sábado, 1 de octubre de 2011

The Show. Capítulo 23. El Aprendiz

Volvían de Chanel en un Rolls Royce Camargue blanco de llantas doradas dejando atrás una deuda que jamás sería saldada. Doña Nadie, Duquesa de Montignac. Cada vez que cruzaba la mirada con el rostro serio de Rolfe a través del retrovisor se le escapaba una sonrisa que se apuraba en extinguir. Se detuvieron frente al Grand Hotel Wien, Rolfe uniformado bajó y abrío la puerta cortesmente.
Según su información el pescadito y su maletín estarían en el bar del hotel después de la cena.
Con aire displicente avanzó por el suntuoso salón y ocupó un butacón junto a una mesa baja justo al lado del jefe de finanzas. Mientras le servían el champagne que había pedido giró la cabeza y le sonrió haciendo ver que sabía quién era. Pudo ver desconcierto en el rostro del hombre, ligeramente amuermado por el whisky tardó un poco en emprender una pantomima para averiguar el nombre de aquella mujer que parecía conocerle. Gabrielle tejió relatos de fiestas y eventos a los que sabía que él había asistido con mentiras y lugares comunes que ubicarían a su personaje y harían indistinguible el engaño. La hipocresía estaba de su lado.

-¡Claro! Disculpe Señora Duquesa, como olvidar tan esbelta figura.
-Por favor, Señor Grube va a hacer que me sonroje
-El Duque de Montignac estará acostumbrado a oir cumplidos hacia su mujer.
-Estaba. Roland nos dejó hará casi dos años.
-Disculpe, no quise...
-No importa, la vida sigue y no hemos de sentir culpa al disfrutarla ¿no es cierto?
-Claro Mademoiselle ¿Le importa si me siento a su lado para 'disfrutar' de su agradble compañía?
-Me encantaría Señor Grube.
-Llámame Michael.

Tras cuarenta minutos de escarceos y alcohol subieron a la Suite donde esperaba Rolfe con todo preparado, les abrió la puerta, les acomodó y les sirvió un Whisky y una copa de Champagne.
-Si no desean nada más los señores me retiro.
-Nada más, tenga todo preparado a las diez -se giró hacia Michael Grube con fingida lujuria y corrigió sus órdenes- mejor a las doce.
Rolfe cerró las puertas correderas del salón de la Gran Suite y simuló su salida al pasillo del hotel aunque permaneció en silencio en la oscuridad, observado por la rendija que dejó entre ambas hojas.

Gabrielle veía el whisky narcotizado, el maletin a un costado del sillón y tuvo que contener su satisfacción, era incluso mejor que cuando lo planeó todo tumbada en el suelo de su habitación. Brindaron. Comenzó a insinuarse sin pudor sabedora de que no habría un segundo sorbo de Whisky. Se sentía eufórica, una excitación desconocida le subía por el estómago. Grube comenzó a relajar las facciones hasta alcanzar una mueca de estupidez, apenas se tenía. Gabrielle sonrió al ver como caía de rodillas, en ese instante Grube lo entendió todo, trató de aferrarse a su maletín pero se desplomó sobre él.
No podía creerlo, ya está. Le temblaban las rodillas y la euforia mezclada con el alcohol era incontenible, sentía que el corazón se le salía del pecho, tuvo que sentarse. Sintió miedo y un sueño abrumador, su cabeza se ladeaba sin remedio, lo último que sintió fue el golpe contra la alfombra.

Se abrieron las puertas corredizas y Rolfe apareció aún con uniforme y guantes negros de piel fina puestos. Apartó con el pie a Michael Grube de encima del maletín y lo abrió con el llavín que llevaba en el bolsillo de la americana para comprobar que los bonos estaban allí.
Se agachó frente al rostro lívido de Gabrielle y besó su frente.
-Me has enseñado tanto-
A la una de la madrugada abandonaba el hotel en el Rolls con bonos por valor de dos millones de marcos y a Gabrielle Guillet encajada en una gran bolsa de viaje en el maletero. Solo restaba intercambiarlos con el contacto de Gabrielle antes de mediodía por el sesenta por ciento de su valor en dólares americanos.

CONTINUARÁ...

martes, 27 de septiembre de 2011

The Show. Capítulo 22. Puñaladas traperas

Escocido, Wolf se limpiaba la sangre de la cara frente al espejo. Esa cabrona le había pillado desprevenido. Quizás se había mostrado demasiado impulsivo, quizás ella era más lista de lo que parecía a simple vista, el caso es que no iba a ser tan fácil como pensó en un principio, habría que buscar mejor la ocasión.

Al otro lado de la casa se cerró la puerta de la calle, Yohann acababa de llegar y sin abandonar el recibidor le lanzó una puya.

-¿Qué clase de hombre se deja zurrar por una mujer?

-Esa hija de puta se dio cuenta. Te juro que si no se llega a girar sería nuestra.

-¿Te das cuenta de que ahora no va a volver a salir más sola? Por tu torpeza vamos a tener que gastar más tiempo y dinero.- Yohann se abrió una cerveza- La próxima vez serás tú el que espere en el coche.

-Será un placer ver cómo te arrean- respondió irónico el alemán.

Yohann tomó uno de sus insectos y comenzó a juguetear con él entre las manos. Mientras observaba a la criatura, soltó:

-He estado mojando a más gente, según tengo entendido, tomará el avión de Nueva York del próximo jueves con dos personas más, quizás sería más cómodo cazarla allí y entregarla a mi contacto americano.

-¿América?- respondió atónito Wolf- ¿La tierra de la Coca-Cola y los pantalones vaqueros?

Cogió la bebida del otro y le pegó un buen trago.

-¿Quién sabe? Igual podría comenzar allí una nueva vida...


Continuará

martes, 26 de julio de 2011

The Show. Capítulo 21: Dos millones de marcos

Una brisa agradable arrastraba los círculos de humo que se elevaban hacia la lámpara, fumaba tumbada boca arriba en el suelo, la habitación se llenaba de atardecer. Llevaba así medio paquete, quizás tres horas, repasando mentalmente cómo iba a hacerse y deshacerse de dos millones de marcos en bonos. Visualizaba al jefe de finanzas, un cincuentón que disimulaba su alopecia galopante con un ridículo bisoñé, podía ver su maletín de cuero marrón abierto, podía oler el whisky que seguramente tomaría mientras se hacía el interesante sin saber que sería el seducido. Faltaba una semana, sabía donde encontrarlo, sus gustos, cuál era su coche, dónde vivía, cómo se llamaba su mujer.
Cayó en la cuenta de sus pintas de pordiosera y de lo necesario que serían un buen vestido elegante, un coche de relumbrón, un chófer y una habitación en un cinco estrellas. No todos los días consigue un señor aburrido hacerse con las bragas de una rica heredera. Al menos eso es lo que su entrepierna debía pensar antes de dar de bruces con la moqueta al segundo sorbo de whisky. Benditos narcóticos.
En Nueva York comprando en Channel por valor de al menos 1000$ tenías crédito de 5000$. Nunca había sido petulante en el vestir pero sonrió al pensar en el sablazo a la sucursal francesa en Viena. El problema es que no tenía ni para un café, pero Rolfe es tan servicial. Sin levantarse alargó la mano y cogió el teléfono de la mesita.
-¿Rolfe?...¿Te apetece una copa?...¿Conoces el Coco Bar?...si,el que hace esquina, ese...este...¿Me puedes prestar 2000$?...ya se que no es calderilla pero tengo un plan, te devolveré el doble.-
Colgó y dejó de nuevo el teléfono en la mesilla. Una hora y una ducha después parecía una persona respetable. La temperatura en la calle hacía agradable el paseo. Poco caminó cuando una sensación familiar se apoderó de su nuca, alguien la seguía, no sabía exactamente quién ni desde hacía cuanto. Hábilmente se apostó frente a un aparador cuya fachada estrechaba la calle contemplándose a si misma en el reflejo, y a treinta metros tras ella, apoyado en un portal, un chico joven con magulladuras en la cara. Lo vio en la plaza comprando una revista y un par de días en la terraza del bar frente a su piso.¿Quién lo enviaría? de una cosa estaba segura, si quisieran matarla no le hubieran seguido tanto tiempo ¿La policía? Un tanto inquieta comenzó una ruta aleatoria a paso ligero, comprobó como a cada quiebro el chico seguía tras ella, en cuanto doblaba la esquina podía oír como corría para no perderla de vista. O no era muy listo o iba a acabar con ella en ese momento. Dobló una esquina más y esperó agazapada al tipo mientras se aferraba a un frasco de perfume que sacó de su bolso.
Pudo oir de nuevo la carrerilla hasta la esquina y la vuelta a un paso normal, al girar el chico la encontró de frente y estupefacto no pudo anticipar el rodillazo en sus pelotas ni figurarse por qué le dolió tanto el golpe que le abrió la ceja. Cayó de rodillas y Gabrielle echó a correr, esta vez si en dirección al Coco Bar.
Entró a prisa buscando a con desesperación a Rolfe. Allí estaba, ignorante de todo, con una cerveza de Abadía.
-Llevan días vigilándome-
-¿Quién?
-¡Alguien! La policía, los yugoslavos...¡Yo que sé! no son pocos los que quieren pegarme un tiro.-
-¿Aún te siguen?-
-No-
-¿Quieres que vayamos a otro sitio?¿contratar a alguien como en los viejos tiempos? ¿una pistola?-
-No. Bueno si, algo discreto que pueda ocultar y... ¿Te importaría estar conmigo la próxima semana?
-Si querías estar conmigo no tenías que inventar todo esto
-¡¿Te parece el momento?!¡¿Te quedarás o no?!-
-Para empezar, esta noche dormiremos en algún hotel y mañana enviaré a alguien para recoger tus cosas.
-Será lo más prudente. Tenemos que preparar el trabajo, serás mi chófer.
-Comme vous voulez Mademoiselle.
CONTINUARÁ...

miércoles, 15 de junio de 2011

The Show. Capítulo 20: Seis grados

-19 de febrero de 1970, estudios de la BBC en Londres, concierto de Deep Purple, estaba prevista la aparición de Joe Cocker pero finalmente rehusó por motivos de agenda, la velada se editó en un disco que vio la luz en el 80. Entre bambalinas, una francesita de diecisiete años se contoneaba con las primeras notas de "Child in time" con una acreditación al cuello, tenía un porte impropio de su edad.-
-¿Qué tiene que ver en todo esto James?- El Coronel se impacientaba, aún así no giró su sillón, contemplaba pensativo el atardecer de Washington.
-Yo hacía trabajos esporádicos como jefe de seguridad de eventos para la BBC, si recuerda, por aquel entonces Marta y yo nos mudamos con los chicos a una casa más grande...
-¡Al grano James!-
-Esa cría, se acreditó como ayudante del productor, entró hasta la cocina, se acostó con Blackmore, el guitarrista, se llevó 1.500 libras en efectivo y cargó 3 noches por todo lo alto en el Corinthian. Desapareció sin más. No supe de Gabrielle Guillet hasta diez años más tarde. Supe que era ella porque en el café tras el briefing de una misión de contra-espionaje alguien mencionó a Deep Purple y no dudó en contar su historia. Trabajó para nosotros durante cinco años como agente doble, luego desapareció. Todo apunta a que fue ella quien tramó el escándalo del Teniente Mumford y los 100.000 dólares evaporados.
-Hija de perra, Mumford era un buen tipo, no me importa con quien se fuera a la cama. No se lo merecía.-
-Después, poco cierto se sabe, pero he oído que se dedicó a timar a empresarios, narcos de medio pelo y a un par de perros de la guerra. Súbitamente dejó de operar. Hará un par de meses, haciendo 'negocios' con un tal Rolfe, me enteré de que no la liquidaron, simplemente está arruinada.-
-No me gustan tus chanchullos con los de aduanas, este tipo de tratos deben cesar.-
-Señor, estos tejemanejes mueven hoy los hilos como nunca antes, debe comprender...-
-Esta bien. No quiero oírlo. Será nuestra Matahari, la quiero aquí en quince días, todo debe ser extraoficial, no quiero a nuestros chicos de paseo por Europa.-
Esa misma noche James Fitzgerald volaba hacia Ginebra en un vuelo de la TWA. Al día siguiente, en un reservado del casino del Mövenpick, una bailarina con los ojos vendados bailaba para él canciones de Otis Redding. Su espigada figura se desparramó en el sillón del fondo, sujetaba una copa de Borgoña, levantó el auricular y sin apartar la vista de la húmeda piel de la chica, llamada tras llamada, pidió favores, sugirió delitos, chantajeo a funcionarios, contrató a mercenarios, localizó a alguien que daba el perfil, se hacía llamar Yohann aunque todos sabían que era italiano. Contactó con recepción.
-¿Marcel?...baja a por la chica y consígueme un billete de tren a Viena para esta madrugada.-
Apuró la copa y al levantarse se sintió algo achispado, se ajustó la corbata, se puso la americana y salió por la puerta dejando a la jóven semidesnuda aún contoneándose bajo una luz tenue. Sonaba I've been loving you.
. . .
Un Trabant negro era perseguido a toda velocidad por dos coches de la policía por las calles de Berlín , un golpe con el bordillo, la dirección se rompe y tras un frenazo termina golpeando una cabina de teléfono. Los agentes, subfusil en mano, gritan al conductor que salga y se tumbe en el suelo. Chirriando se abre la puerta y se deja caer sobre los adoquines un chico con una aparatosa brecha en la cabeza. Un agente se le echa encima y lo esposa para a continuación registrarlo. Los del coche más rezagado contemplan atónitos el contenido del maletero; dos cajas de granadas.El inspector ojea la documentación.
-Wolfgang Schäuble ¡militar!...Tenían al zorro dentro del corral.- Impertérrito gesticulaba y daba órdenes a sus compañerso. Se puso en cuclillas y al oido le dijo al detenido- Amigo, te acabas de meter en un buen lío.-Wolfgang, arrastrado por dos policías, sabía cuanta razón tenía aquel tipo, el ejército no era piadoso dictando sentencia.
. . .
También había putas en la Viena de Mozart pensó Rolfe mientras brindaba con aquellas chicas de aspecto poco saludable. Hedían a ginebra, la impúdica voz de Sid Vicious pervertía aún más el ambiente podrido de humo. Tenía un buen trato que celebrar, se codeaba con los americanos, espléndidos pagadores. La noche terminó en un hotel cutre que admitía check-in de madrugada.
-Ebba está fuera de combate- Dijo entre risas la más vivaracha de ellas mientras traqueteaba a su amiga inconsciente en la alfombra.
-Es una pena, tiene buenas tetas-
-Déjala, lo pasaremos bien-
Se dejaron caer en la cama y sin mover a la chica del suelo apuraron la madrugada. Al despertar, Ebba había desaparecido con el fajo de billetes de 1.000 chelines que Rolfe acababa de recibir la noche anterior. Se llevó las manos a la cara enrojecida por la rabia. Sabedor de que no podría pagar, decidió marcharse del hotel sigilosamente, la chica que aún dormía en la habitación conocía al recepcionista y dio su nombre.

CONTINUARÁ...

sábado, 11 de junio de 2011

The Show. Capítulo 19: La fuga del muerto

Sollozos y alguien apremiando a la mujer del otro lado del auricular.
-Wolfie estábamos tan preocupados por ti.
-Usted es...- Tuve miedo de no reencontrarme con mi propia vida y repetí mentalmente el nombre varias veces antes de pronunciarlo- Matilda. Eres Matilda Schäuble.
-¿De veras estás bien? nos dijeron que habías muerto.
Yohann, escuchando en silencio la conversación, me miró solemne y asintió con la cabeza.
-Y eso es lo que debe parecer – Un maremágnum de recuerdos arrebataron mi consciencia, un torrente efímero de sueños lúcidos, como tantas veces describieron el día en que nuestra alma sería escrutada en busca de toda mácula. Sentí un dolor indescriptible atravesándome, una aflicción espiritual que no olvidaré jamás. Dos enormes lágrimas cayeron al suelo. Tomé consciencia de donde estaba, mi mano temblorosa apretando el auricular contra mi oreja.
-Aún no se cómo explicarte todo esto pero dame tiempo, te escribiré, aún estoy muy desorientado pero no te preocupes. Un día no demasiado lejano te enviaré una carta, el remitente será un tal Otto, como el abuelo, desde una dirección inexistente.- La misma voz que antes exigía brevedad ahora susurraba que debía finalizar. Podía imaginarla; los ojos cerrados arrasados por un llanto mudo, la cara enrojecida y su pañuelo estampado recogiéndole el pelo.- Sabrás de mi, no te preocupes. Cuidaos, y que Linda no se meta en lios por Dios...-Habían colgado.
Pasaron unos minutos antes de que ninguno de los dos pudiera articular palabra. Yohann suspiró profundamente como cogiendo fuerzas y me dijo.
-Se que es duro, también que has revivido muchas cosas al oír de nuevo a tu madre ¿verdad?- Asentí levemente absorto en la reconstrucción de todo lo rememorado- El efecto del  'polvo zombi' desaparece, pronto serás el de antes, igual de chulo, eso no lo arregla ninguna pastilla- bromeó intentando animarme- También recordarás el trato que hicimos el día antes del juicio militar, cuáles son tus obligaciones y cuáles las consecuencias de no respetarlo.
-No hará falta, aún así corrígeme; Veinte mil dólares en efectivo, mi familia 'protegida', una nueva identidad en algún lugar que determinaríamos después, entregar una única persona, viva. Si me niego ellas pagarán las consecuencias.
-Acordamos quince mil.
-¡Veinte mil!...rata milanesa.
-Vale, vale, pero que sepas que untando a la policía militar gasté más de lo esperado, si en algún momento tienes la oportunidad de demostrar gratitud, por favor, no te inhibas.
-Lo que quiero que me expliques es cómo terminé llegando aquí, imaginé otro tipo de viaje clandestino.
-Pacté el cambio a una celda de aislamiento, uno de los soldados que te arrestaría era el contacto que fingiría alguna irregularidad. Te darían unos cuantos tortazos, en fin, algo 'razonable', pero tú opusiste resistencia ¡membrillo! y te zurraron de lo lindo, los otros dos no sabían nada y no se contuvieron, los pastores alemanes tampoco-
-¡¿Cómo iba a saber yo que era parte del plan?! 
-El arte de la guerra amigo mío, el soldado no debe conocer el sentido de las órdenes. Fuiste un reo díscolo muy creíble. -El muy mamón tuvo los huevos de reírse- Una vez en aislamiento y a solas, el contacto te inyectaría el 'polvo de zombi' mejorado. Sufrirías una muerte aparente.  Ya eras una paliza que se fue de las manos, un asunto que no debía salir a la luz. Asustados, los otros dos guardias cooperaron y pronto ibas en un camión de patatas rumbo a Austria. El trecho de la frontera hasta aquí realmente no se cómo transcurrió pero sospecho que alguien tuvo miedo de ser descubierto y te abandonó en las afueras. 
CONTINUARÁ...

martes, 7 de junio de 2011

The Show. Capítulo 18: Comienza el Juego.

Pasé toda la noche dando vueltas en la cama. Me levantaba, iba a por un vaso de agua, un cigarro. Harta y sudorosa me levanté, fui al salón, encendí el ventilador de techo y…qué coño…me serví una copa.
Intenté calmarme y poner en orden mis pensamientos, buscando una solución. Dos cosas estaban claras: la primera, que era tarde para echarse atrás, el trabajo debía hacerse y la segunda, tenía que resarcir a Ebba por haberle jodido la vida de una manera tan cruel. Aquella niñita que se despidió desde su columpio se había convertido en un despojo de la sociedad. Algo debía hacer, ¿pero qué?
Dos copas y cuatro cigarros más tarde, tuve una idea. No podía decirle quién era yo, al menos de entrada. Se negaría a escucharme y lo más probable es que me pegara un tiro con el típico revolver Smith&Wesson que llevan escondido todas las putas del barrio chino. Una chica tiene que protegerse. Estaba claro, si quería limpiar mi conciencia, iba a tener que esperar hasta que terminara el trabajo.
Por otra parte, una muchacha joven como Ebba no desperdiciaría la oportunidad de salir de la calle. A estas alturas no creí que tuviera mucho que perder. Lo intentaría. Me fui a la cama. Por esta noche ya no podía hacer más.
Al día siguiente tras varias llamadas a un par de buenos amigos, comprobé que tal y como yo sospechaba, ya estaba fichada por pequeños hurtos, agresión, había escapado de un par de hogares de acogida… En una de las ocasiones, cuando el inspector de turno le preguntó el motivo, ella declaró que su padre adoptivo había intentado abusar de ella. Puso una denuncia, a los dos días se retiraron los cargos y Ebba ingresó en el hospital con un brazo y la nariz rotos y diversas magulladuras. Un accidente según ella. Después de aquello, notas vagas, nada de interés.
Cuando acabé de leer estaba entre estupefacta y aliviada. La culpabilidad era ya una punzada tan familiar, que había llegado a acostumbrarme. Pero me alivió saber que era imposible que declinara mi oferta. Era muchísimo dinero, lo suficiente como para salir de la calle, largarse de esta ciudad y empezar de nuevo. 
Había que ponerse en marcha, en este tipo de trabajos los preparativos y la previsión lo son todo.

- Hola Rolfe, ¿ocupado?
- Para ti nunca, preciosa, ¿qué puedo hacer por ti?
- ¿Tienes ya mis papeles?
- Casi, faltan un par de detalles.
- Bien. Necesito que hagas otro juego más.
- ¿Para quién?
- Eso no es asunto tuyo.
- ¿Tienes un socio?
- ¿Qué parte de ‘no es asunto tuyo’ no entiendes? Los necesito a nombre de mujer, elige el que más te guste.
- ¿Por qué no me has dicho que íbamos a necesitar a alguien más?
- No te confundas, amigo. Tú no necesitas a nadie. Tu único cometido en esto es que no nos pillen en el aeropuerto por un pasaporte cutre y pasarte por casa esta noche, si te apetece.
- Muy bien, muy bien. He aprendido con los años a no hacer preguntas. No sirve de nada. Allí estaré. Ponte guapa.

Colgué. Ya estaba en marcha.

CONTINUARÁ…

EL ESPECTÁCULO DEBE CONTINUAR.

lunes, 6 de junio de 2011

The Show. Capítulo 17. Amargos recuerdos

- Herr Austerlitz, ¿tiene usted su propio notario o desea que haga venir al mío?

¿Notario? ¿Se suponía que debía tener uno? Hans dudó - Por favor, si no es mucha molestia, le pediría que el suyo se hiciese cargo.

- Como desee- respondió Gabrielle - mañana mismo lo tendrá aquí a mediodía.

Pero mañana a mediodía nunca llegó.

Los días pasaron, el ambiente se fue cargando en la residencia de los Austerlitz. Hans no daba crédito a lo que le acababa de suceder. Donde antes sonaba la radio popular o el jolgorio de la tele, ahora sólo eran portazos y discusiones. Todo por lo que había luchado el matrimonio se había desmoronado en un abrir y cerrar de ojos. Habían sido víctimas de una estafa. "No, no no y no. Esto no puede estar pasando...", "La culpa es tuya por ser así de avaricioso", "si es por ti todavía estaríamos viviendo en aquel cuchitril de Villach", los reproches se sucedían como las gotas de lluvia sobre la ventana. El otoño caía en la ciudad y traía consigo la gelidez al hogar.

Dentro de la inocencia de su juventud, todo esto pasaba desapercibido para Ebba... al principio. No era consciente de la tragedia que estaba por suceder. Sus padres habían sido lo bastante discretos para mantenerla al margen de todo esto. Sin embargo, no lo pudieron ocultar durante mucho más, era inevitable. Un día, la pelea entre sus padres se elevó más de lo normal. Ebba, aterrada, hundió la cabeza bajo su almohada, apretó los dientes y se juró a sí misma no casarse nunca. Hubo gritos, golpes y gritos más fuertes todavía. Luego nada. Cuando la policía vino a levantar los cadáveres los agentes tuvieron que aislarla de la prensa, se abalanzaron sobre ella buscando el titular más morboso del año. Lo tenían fácil, un poderoso hombre de negocios, ejemplificando al odiado macho maltratador que después de matar a su mujer, se quita la vida.

Y así fue como se fueron a la mierda todas las espectativas de futuro de Ebba. No ya las propias de ser una hija de clase alta, sino la simple aspiración a ser una chica normal: baile de fin de curso, novio en el instituto, universidad y matrimonio con un prometedor ejecutivo.

No. Su vida se convirtió en un infierno, de hogar de acogida en hogar de acogida, comenzó a cometer pequeños hurtos, los psicólogos decían que para llamar la atención, "no conseguirás que vuelvan tus padres", le decían. Saltaba de diagnóstico en diagnóstico como una avispa va de flor en flor. ¿Depresión? ¿Déficit de atención? ¿Trastorno de la personalidad? De algún modo, Ebba empezó a pensar que el mundo entero la odiaba. Que ya no sería como esos ejemplos que aparecen en las sitcoms de la tele. Su vida empezó a torcerse con cada gramo que consumía, de repente, los ahorros familiares se esfumaron entre tanta factura. El estado no deseaba hacerse cargo de casos irrecuperables como el suyo, por lo visto era más rentable invertir en bancos. Así fue como la espiral se fue haciendo más profunda, más estrecha, más oscura. Su camino autodestructivo la llevó hasta el Spittelberg, el barrio chino de Viena.

viernes, 27 de mayo de 2011

The Show. Capítulo 16. ¿Mama?

Me sequé y con la toalla liada en la cintura asomé la cabeza por la puerta del baño, no sin antes haber revisado con temor la parte externa del marco y el suelo ante mis pies descalzos, no quería encontrarme otro de esos bichos .
-¿Tienes algo de ropa?
-Preparaste una maleta, aquí la tengo. Cógela tú mismo, estoy ocupado.
Sin poder abstraerme de aquella inquietud avancé hacia la habitación de Yohann mirando donde ponía cada pie, lo encontré de espaldas a la puerta, sentado en el borde de la cama frente a una maleta grande que tenía abierta sobre una cómoda con espejo.
-Ahí está, sobre el armario.- Señaló con el dedo, al girarse dejó al descubierto el contenido; varios frascos de vidrio con hojas y ramitas en el fondo, uno estaba abierto, la tapa agujereada estaba encima de la colcha, en el resto agitaban sus patas arañas de diversos tipos, entre ellas Roberta que se entretenían envolviendo con seda un saltamontes inerte. Incliné el cuello y fisgué furtivamente. Con su mano enfundada en un guante de plástico grueso sostenía la araña que faltaba del frasco abierto. Cogió un tarro pequeño que había en la mesilla de noche junto a su revolver, una membrana de látex cubría la boca, era un condón. Acercó el enorme insecto al bote e hizo que clavara sus quelíceros en él, fluyeron unas gotitas transparentes. Sin inmutarse ante mi atónita mirada de repugnancia, la depositó de nuevo en su frasco. No pude evitar reprocharle.
-¡Por Dios que asco!
-Pensé que en el lugar de donde vienes no teníais de eso.
-¿Qué?
-Dios.
-Sabía que te dedicabas a esto, pero ¡joder! ¡Qué asco!- Al arrugar la nariz en un gesto de repulsión me llegó el olor del aceite lubricante usado en el revolver, comencé a recordar-...un momento...¿sabía?
En ese momento salí disparado hacia el salón, cogí la pistola, la desmonté y monté como si fuera un acto reflejo.
-¡Yohann! ¡Yo te conozco! Ya se quien eres, tú eres...
-¿Yohann?
-¡Vete a la mierda! ¡Pues no me he metido yo en líos por tu culpa! Recuerdo tus encargos, los trapicheos en la frontera, las granadas en el maletero de mi Trabant negro, la...la...hummm...¡Me cago en la leche nada sobre mí!
-Lo único que te interesa saber es que a efectos prácticos estás muerto.-Miró su reloj, sus espesas cejas se arquearon.-Vístete y ven al salón.
Con ganas de haberme probado el traje colgado en el pomo del armario salí unos minutos después. Olía a café, de la cocina, como una inofensiva ama de casa apareció Yohann portando una bandeja con dos desayunos tardíos. En algún lugar comenzó a sonar opacado un teléfono, estaba muerto de hambre y le arrebaté un bollo que mordí con ansias. Yohann volvió a mirar el reloj, desenterró de debajo de un montón de folios un teléfono negro, descolgó el auricular y habló sin más.
-Como acordaron con usted,esta conversación no ha existido.
Se giró hacia mi y me ofreció el auricular. Extrañado y aún con medio bollo en el carrillo contesté.
- ¿Si?
-Wolfie, hijo ¿estás bien?
Me atraganté y comencé a toser desesperadamente, me puse rojo, Yohan me dió unos golpecitos en la espalda mientras contenía la risa, aún con los ojos llorosos me llevé de nuevo el auricular a la oreja.
-¡Mama?

martes, 24 de mayo de 2011

Capítulo 15. El cazador

Yohann se sentó en la mesa de la esquina, sumida en penumbra y protegida de miradas curiosas, tal y como acostumbraba a hacerlo. Llevaba pocas semanas en Viena, las suficientes para pasar desapercibido, siempre era así, viajaba como una sombra de ciudad en ciudad. El encargo de esta vez era una mujer, y la querían viva. Por eso se lo pidieron a él.

Si había algo en lo que destacara Yohann era en eso: tóxicos y narcotizantes. De pequeño se entretenía mezclando las medicinas de sus padres y dándoselas a probar a sus mascotas, si éstas morían, seguía sus macabros experimentos con animales callejeros, sólo había que poner el suficiente salami o atún en cualquier callejón, nadie en su sano juicio iba a pensar que aquel niño fuese el responsable de todas aquellas alimañas muertas. Cuando ingresó en la legión extranjera pudo dar rienda suelta a su sádica afición. Líbano, Iraq, Afganistán... Yohann estuvo en todos esos conflictos. Se especializó en el trato a prisioneros, memorizó el manual de la CIA sobre interrogatorios. Sus compañeros decían de él que era espeluznante verlo en acción.

Pero ahora era distinto, los enemigos se camuilaban entre los civiles. Pasar incógnito es vital para el éxito de la misión. El contacto entró, escrutinó el bar en busca de miradas indiscretas y se dirigió hacia la mesa de Yohann. Puso sobre la mesa un maletín, lo abrió y sacó fotos de una mujer, pasaportes, dinero en varias divisas, mapas y callejeros. Yohann miraba lo que el contacto le ofrecía. Removió el bourbon en el interior de su vaso y dijo: "necesitaré un ayudante. Sabes que las misiones de extracción suben bastante el presupuesto, ¿verdad?". El contacto no respondió, miraba continuamente a la puerta del bar, resopló y dijo "ahora mismo carecemos de efectivos libres, si desea contar con el apoyo de la agencia deberá esperar". Esa no era la respuesta que esperaba Yohann, apuró las últimas gotas de su bebida mientras leía los informes. Finalmente dijo: "según tus papeles si esperamos es probable que se largue de la ciudad". El contacto se encogió de hombros: "esperábamos que usted encontrara la manera de hacerlo". "Si va a ser a mi manera, os costará el doble", sentenció Yohann.

La puerta del bar se cerró, la silueta del contacto se desvanecía calle abajo. En el interior, Yohann observaba fijamente la fotografía de una mujer. "No pareces demasiado importante" pensó. Cerró el maletín y se dispuso a salir a la calle. Tenía que encontrar un cómplice. No es que conociera a mucha gente en la ciudad, pero había uno que quizás le ayudase, sí, él le ayudaría. Aunque no sería fácil. Tendría que urdir un plan para sacarlo de allí... aquello iba a exigir un sedante de los potentes.

The Show. Capítulo 14: Ebba.

- Hola, soy yo.
- Vaya, ya pensaba que no llamarías.
- He estado ocupada. Acepto, pero necesito tiempo para organizarlo todo.
- Genial. Hablamos la semana que viene. Adiós.

Colgué y me senté en la mesa del salón delante de una copa de vino y cientos de preguntas.

Necesitaba despejarme un poco así que decidí salir a por tabaco y algo de comer.

Veinte minutos después llegaba a mi destino, un restaurante italiano que me encantaba y al que no iba tan a menudo como me gustaría porque no estaba en una zona por la que una chica sola pudiera pasearse sin meterse en algún lio, y mi meta era ser invisible. Al doblar la esquina un chulo mantenía una acalorada conversación con un tipo que, al parecer, le debía pasta. Un grupo de cinco putas se paseaban calle arriba en busca de algún cliente y, justo cuando iba a entrar en el restaurante para hacer mi pedido para llevar, la vi. Al principio me costó reconocerla. Habían pasado muchos años. Pero en cuanto nuestras miradas se cruzaron y vi sus ojos, supe que era ella. Di gracias al cielo. No se acordaba de mi. Fue mi último trabajo, después de aquello juré que jamás volvería a dedicarme a esto y justo el día en que acepto la oferta que me lleva directa a esa antigua vida, la veo. Precisamente hoy.

Se llamaba Ebba. Sus padres, Anna y Hans, habían nacido y vivido en Alemania. Años después de tener a Ebba, su única hija, se mudaron a Viena. Fue ahí cuando el matrimonio Austerlitz comenzó a amasar su fortuna y cuando yo di con ellos. Yo era joven, no tenía ni pizca de compasión. Supongo que por eso era tan buena. Durante aquellos años trabajaba sola, Rolfe no aparecería hasta meses más tarde.
Conocí a los Austerlitz en una gala benéfica. Una conocida que trabajaba para una casa de subastas solía proporcionarme las invitaciones. En una ocasión me dijo: - No entiendo para qué quieres TU ir a esas fiestas de ricachones-. Le pasaba la mejor coca de la cuidad y se acababan las preguntas.

A los cinco minutos de hablar con Hans ya sabía lo sencillo que iba a ser. No era como en otras ocasiones, cuando tienes que convencer a un tipo que lleva veinte años levantando su empresa, que ha visto de todo y que no se deja engañar fácilmente, para que deje una parte considerable de sus ahorros en tus manos. Tras invitarles a un par de almuerzos y un fin de semana esquiando, eran míos.

El día que salía por la puerta con todos los ahorros de los Austerlitz vi a Ebba por segunda y última vez. Me saludó con la mano desde el columpio del jardín. Sentí una punzada de un sentimiento que en ese momento no supe identificar. Cuando conseguí hacerlo, me retiré.

No estaba segura de cuántos años habían pasado, pero ahí estaba. Salía del portal de un edificio medio en ruinas. Yo ya llevaba en la cuidad el suficiente tiempo como para saber qué clase de huéspedes ocupaban ese edificio. No era la calle de las putas por casualidad. Los chulos las confinaban a todas en dos o tres edificios en la misma calle, así las tenían controladas. Dios mío…Ebba...

Continurá...

EL ESPECTÁCULO DEBE CONTINUAR. 

domingo, 22 de mayo de 2011

The Show. Capítulo 13. Compañeros incómodos.

Inquieto, Wolfie pasó al cuarto de baño procurando no mover demasiado las cosas de su sitio. De algún modo sentía reconocer el lugar, pero no todas las piezas del puzzle encajaban en su cabeza. Corrió de un tirón las cortinas esperando encontrarse lo peor en la bañera... pero no vio nada, no al menos hasta que bajó su mirada y pudo ver una masa fofa peluda rodeada de unos diminutos bastoncillos negros del tamaño de granos de arroz. Tras él, Yohann entró trayendo algo de ropa para su invitado, se acercó a la bañera y levantó el cuerpo peludo, un hilillo de sangre comenzó a brotar de lo que parecía ser el cuello de una chinchilla decapitada.

- Cazzo di Cristo, otra vez no...

Yohann escudriñó las paredes del aseo como buscando algo, sus ojos barrieron de esquina a esquina la habitación y justo después salió corriendo fuera del baño. Se oyó el sonido sordo de las ventanas cerrándose precipitadamente. Wolfie abrió el grifo de la ducha para arrastrar toda la porquería desagüe abajo, se descalzó, se despojó de lo que le quedaba de ropa y entró. Desde fuera, se podía oir a Yohann arrastrando los sofás y tresillos. Una templada lluvia comenzó a brotar de la alcachofa. Cerró los ojos y se concentró en escuchar el repiquetear de las gotas de agua contra el suelo de la bañera. Se oía blasfemar en italiano tras la puerta. Abrió los ojos, el agua iba dibujando caprichosas líneas, rectas y anguladas, sobre la pared, acelerando para justo después frenar, detenerse o unirse a otras gotas que seguían su ineluctable marcha. Ruido de cristales rotos, un chillido. El aroma del champú lo impregnó todo y nubes de vapor se fueron formando alrededor suya. Un fuerte golpe hizo temblar la pared. La espuma acariciaba su cuerpo, sintió quitarse un enorme peso de encima bajo la fuerza del agua y del jabón. Cerró los ojos y se vio flotando en el paraíso. Se estaba purificando, se sentía renacer, exhaló pausadamente mientras terminaba de despojarse de lo que le quedaba de jabón. Armonía universal.

Al terminar apoyó la barbilla contra su pecho, se relajó, tomó aire, levantó la mirada y justo entonces apareció ante sus ojos algo asquerosamente largo y negro. Gritó y pegó un salto hacia atrás. Toda la paz interior, todo el puto karma acumulado, se fueron a la mierda en un abrir y cerrar de ojos. La puerta se abrió y Yohann, con felina agilidad, se abalanzó sobre el monstruo zancudo agarrándolo por su abdomen.

- Vaya, al fin te encuentro preciosa, me tenías preocupado- dijo mientras alzaba en el aire a la araña.- Dirigiéndose a Wolf:- Veo que ya has conocido a Roberta, normalmente vive enjaulada, pero a veces la dejo suelta para que pueda tejer sus telarañas- se llevó el negro abdomen a la cara y se acarició una mejilla con él.- Verás, Roberta no come chinchillas, Roberta se ha comido a Maggie antes de que pudiera dar cuenta de la chinchilla. Y sin Maggie, no puedo sintetizar el bálsamo del sueño. Pero no es problema, hay otras alternativas, de hecho conozco un acuario por aquí cerca que nos va a venir bien.

Wolfie estaba petrificado.

- Es una criatura encantadora. Tiene su genio, pero fuera de su telaraña es totalmente inofensiva. Una genuina viuda negra, de la familia Theridiidae. Letal. Fría. Y además, su veneno produce priapismo... La mujer perfecta.

Un olor a podrido lo inundó todo.

- Oh vaya, parece que has tenido la misma reacción que la chinchilla. Ahí tienes sales de baño, si quieres, puedo enjabonarte la espalda. Por cierto, no es que me vayan los tíos, pero hay que admitir que tienes un culo muy bonito.

Continuará.

miércoles, 18 de mayo de 2011

The Show. Capítulo 12: Amitriptilina 75 miligramos

Me senté frente al escritorio bajo la ventana del salón. Ojeé algunos papeles recogidos al azar del suelo, informes rigurosos, recortes de prensa antiguos con cúmulos de anotaciones, fichas policiales, la mayoría aludían a una mujer con muchos nombres. Me invadió una profunda desazón.

Escuché pasos, volví la cabeza y del susto casi me caigo de la silla. En la puerta del baño la figura de un hombre elegante, con un chaleco ceñido y una camisa blanca remangada, se secaba las manos en una toalla empapada de sangre.
-Tú debes de ser Wolfgang- Comentó sin el más mínimo asomo de emoción mientras se esmeraba con las uñas.
Asentí con la cabeza. Aterrorizado hice un esfuerzo por adoptar una pose digna, metí con despreocupación las manos en los bolsillos, en el derecho había un papel.
-Vaya con el 'Ilustre mendigo'- Ironizó inspeccionándome de forma burlona, me había calado. Tragué saliva y continué con mi impostura, no tenía ni idea de qué otra cosa podía hacer.
-¿Y tú?..¿Quién eres?-
-Esta vez si que se han pasado - Murmuró para si – Ni idea de quien soy ¿verdad?-
El tono paternalista me molestó, estaba lo suficientemente desorientado y maltrecho como para soportarlo.
-¿Llevas mucho así? quiero decir consciente-
-Una hora creo ¿Qué sabes de todo esto?-
-Sé muchas cosas. Relájate y descansa un poco, mañana hablaremos con más calma. Si te vas a duchar, que sepas que tenemos otro invitado, apártalo y cuando termines vuelve a meterlo en la bañera, nos ocuparemos de él más tarde. Por cierto, me puedes llamar Yohann- Entró en una de las habitaciones y le perdí de vista.
-Pero, tú eres italiano...el acento- Pensé mientras hablaba en las consecuencias de cabrear a aquel extraño. Cuando salió de la habitación con una pistola miré hacia la puerta, estuve a punto de salir corriendo. La dejó en la mesa junto con algo de munición y acercándose a mi cara más de lo que la cortesía exige me dijo.
-Y tú un alemán imbécil que no sabe en que está metido. Una Tokarev 9mm, 8 balas, una reliquia pero servirá. Procura no matarte-
- Este...¿cómo se usa esto? - La migraña era cada vez más dificil de soportar, estaba mareado.
- Te he dicho que descanses, lo vas a necesitar - Recordé el papel arrugado en el bolsillo del pantalón destrozado. Lo extendí sobre la mesa, a lápiz alguien había escrito en él: "Calle Hetzgasse número 14, 2ºA. Aminotriptilina 75mg diarios".Yohann abrió el cajón del escritorio y sacó un tarro de pastillas
- ¿Buscas esto?- Dijo agitándolo ante mis narices.
-¿Qué es?-
- Ese dolor de cabeza puede hacer que desees volarte la cabeza con esa pistola. Un efecto secundario del hipnótico experimental que te inyectaron después de la paliza-
Recordé súbitamente estár en el suelo encogido mientras me pateaban, uno de los perros había hecho pesa en el brazo y lo zarandeaba con sus fauces. Nada más, ni antes ni después, tan solo impresiones vagas.

Continuará...

martes, 17 de mayo de 2011

The Show. Capítulo 11. Algunas respuestas.

Caminaba deprisa, inquieto, desorientado porque no conocía el lugar, deseando encontrar respuestas a las preguntas que se iban amontonando sobre su mente como cascotes en un terremoto. Su cabeza se movía a un lado y a otro buscando algo conocido, una esquina, una fachada... Nada. No le sonaba ese lugar, una idea latente presionaba su cerebro, deseosa de salir fuera y explicarle lo que había pasado, pero era incapaz de hacerlo, su jaqueca le impedía pensar con claridad. Se sentía drogado, y herido. Cuando hubo más luz pudo comprobar que su cuerpo estaba lleno de hematomas, dentelladas y arañazos... el hijo de puta que le hizo eso iba a cuatro patas, o los hijos de puta... Había marcas para todos los gustos y tamaños.

Sintió una urgencia y evacuó su vejiga apoyando una mano sobre un muro, fueron unos instantes de gloria después de tanto malestar. Una meada larga, de campeonato, tonificante, de un color azulado... "un momento, ¡¿AZULADO?! ¿Qué mierda me han obligado a tomar?", pensó sin permitir que ese susto le impidiera seguir disfrutando de la micción. Soltó un prolongado suspiro y mientras se sacudía las últimas gotas, miró a ambos lados, al otro lado de la calle vio a una anciana que volvía a casa cargada con bolsas de fruta y productos de desayuno. Se emocionó, la relajación del momento le hizo ver que huir no era la solución, se dijo a sí mismo que seguro que esa mujer sentiría piedad de él y le ayudaría. Todavía algo aturdido y sin ser muy consciente, con la mano que tenía libre intentó atraer su atención.

- ¡EHH SEÑORA! FRAU... AQUÍ...  OIGA...

La mujer, atónita ante semejante panorama, debió perder la poca fuerza que le quedaba en los brazos dejando caer las bolsas al suelo. La comida se esparció por la acera y una manzana rodó calle abajo cual carricoche del Potemkin. Debió pensar que era uno de esos degenerados que salen en los programas de sucesos. Wolf no tuvo que hacer nada, ya se había encargado la tele de asustar a la mujer.

Después sobrevino el temporal iniciado por el grito de socorro de la anciana. Prosiguieron las pedradas de unos gamberros en bicicleta que jugaban por ahí cerca y la indignación popular de todos los que se asomaban a esa calle. -Ese pervertido ha intentado violar a esa pobre mujer- gritaron desde una esquina. "POLICÍA, POLICÍA" se escuchaba desde otro lugar. -Santo cielo, es que ya no se está seguro ni a plena luz del día-  se quejaba amargamente una vecina que acudió rauda y veloz ante la posibilidad de linchamiento público. Se oyeron también gritos de feministas que pedían no sólo la cabeza de Wolfgang, sino también la de todos los hombres mayores de trece años.

Wolf corrió. Hasta donde su cuerpo le permitió. Había esquivado a la muerte la noche anterior sólo para volver a meterse en problemas. Se palpó los bolsillos y sacó su cartera, debía buscar pistas. Detrás del billete de tren estaba escrita una dirección, de algún modo una parte de su memoria volvió a cobrar vida, el tacto del billete y el olor de la tinta le trajeron recuerdos antes dormidos. Reconoció el lugar y se dirigió a él a toda velocidad, intentando dejar atrás el ruido de sirenas. Al llegar al piso se lo encontró abierto. Un amasijo de papeles lo inundaba todo, las paredes estaban repletas de mapas, recortes de periódicos y esquemas incomprensibles. La ventaba también estaba abierta y dejaba entrar una brisa que atrajo algo brillante hacia sus manos.

-¿Qué mierda has venido a hacer a Viena, Wolfie? Tú no eres de por aquí- se dijo mientras sostenía un sombrero hecho con papel de aluminio.

Mientras, en otro lado de la ciudad, la muchedumbre hacía corro alrededor de una ambulancia. Eins, zwei, drei.. repetía continuamente el personal sanitario que intentaba reanimar a una anciana. Al parecer la mujer había sido asaltada por un maníaco sexual que no pudo llevar a cabo sus fechorías gracias a que un grupo de valerosos vecinos lo impidió.

lunes, 16 de mayo de 2011

The Show. Capítulo 10: Próximo Destino

Me había prometido a mi misma cuando me mudé que iba a romper lazos con toda mi vida anterior. Sin embargo, ahí estaba tumbada a su lado en la cama que ni siquiera habíamos deshecho. Me levanté, me cubrí con la bata y busqué un cigarro. Me senté en el alféizar de la ventana. Vi pasar calle arriba a un tipo vestido con harapos, parecía desorientado. Un vagabundo borracho seguramente.
Me di la vuelta y miré a Rolfe, parecía dormido. Fui a la cocina y eché hielo en un vaso. Ya en el salón me serví una copa y me senté en el sofá.

- Bebes demasiado.- me dijo apoyado en el marco de la puerta.
- Hablas demasiado.
- Nena, no te tortures. No podemos negar lo que somos. Eras la mejor, es normal que te busquen. Vayas a dónde vayas, antes o después, darán contigo.
- Eso parece.- le dije.- Aún no he aceptado, quizás si ahora digo que no, se den por vencidos y ya nadie vuelva a buscarme jamás.
- Y, ¿cuál es la alternativa? ¿vivir así?.- echó un vistazo a su alrededor.
- Tú no lo entiendes.- me levanté para rellenar el vaso y al pasar a su lado, me agarró por la cintura.
- Puede que no, pero a diferencia de ese pringado que te plantó hace un par de meses, yo siempre he estado aquí.
- Y, ¿se supone que eso es algo bueno? Además, ¿tú como sabes...?
- Te lo acabo de decir, siempre he estado aquí.- me cogió el vaso de la mano y lo dejó sobre la mesa del correo que tenía detrás. Me desabrochó la bata, me sonrió y me besó.- Nena, esta es tu vida, siempre lo será. La única pregunta es cuánto vas a tardar en aceptarlo.
- Les haré esperar.
- Esa es mi chica.

De camino al dormitorio, pensé en mi próximo destino. Al acabar el trabajo habría que irse echando leches, como siempre. Pero esta vez era distinto. No se trataba de un mafioso de tres al cuarto o de un narcotraficante con deudas pendientes. Este era realmente un pez muy gordo. Es difícil esconderse de tipos así, con un ejército a su servicio, dispuesto a jugarse la vida por él. Cuando el asunto estuviera liquidado, seguirían detrás de mi. No pararían hasta encontrarme. Había que planearlo todo muy bien, no podían quedar cabos sueltos. Y para dejar todo bien atado, nadie mejor que Rolfe. No es es que el tipo fuera todo sensibilidad, pero en cuanto a negocios se refiere, nunca me había fallado. Como si me leyera el pensamiento, mientras nos sentabamos en la cama, dijo:

- ¿No estás harta de este frío polar? Dicen que Ko Samui está preciosa en esta época del año.
- Cállate de una vez.
- Como quieras, ven aquí.

Cerré con el pie la puerta del dormitorio.

Continuará...

EL ESPECTÁCULO DEBE CONTINUAR.


The Show. Capítulo 9: Recién nacido

En aquel enorme descampado del extrarradio de Viena crecían sin control la hierba, los arbustos y algún pino desperdigado, mancillaban su espesura senderos que unían atravesándolo distintos núcleos de población.  Erguido a duras penas, bajo un cielo de nubes pasajeras contorneadas por la alborada, acariciado por la brisa, un joven desnudo miraba a su alrededor, palpaba aturdido el hilo de sangre reseca que parecía tener origen en su oreja. En el lóbulo donde debería haber un zarcillo estaba rasgado. Comenzó a tambalearse, se inclinó y apoyó las manos sobre sus rodillas, como para recuperar el aliento, quizás lloraba, quizás contenía toneladas de ansiedad, lo cierto es que respiraba estertóreamente. Cayó al suelo fulminado.

Cuando recobró la consciencia estaba aterido de frío, había amanecido, por los charcos debió llover lo que quedaba de noche. En un gesto repentino se incorporó dispuesto a resolver algunos problemas. Inpeccionó el suelo y encontró trozos de ropa; un pantalón de pana color café con leche rasgado con el que conformó un taparrabos y un jersey de lana con la manga colgandera notablemente maltrecho que le sirvió para cubrirse el pecho.

Una vez más miró a su alrededor, divisó en la distancia el Danubio serpeando por el centro de la ciudad. Aún dudó unos minutos, parecía no saber qué hacer. Hablaba consigo mismo en un afán por inferir su situación, a veces murmurando, a veces gritando. Su angustia era evidente.

Siguió el rastro que debió dejar, restos de una vomitona, jirones de ropa, una botas de ante vuelto que no dudó en ponerse a pesar de estar en el centro un gran charco, un calcetín, restos de una camiseta de tirantes, marcas en el barro que inequívocamente correspondían con las de una persona arrastrada, otro charco y en el ¡una cartera!
La recogío y hurgó en su interior, no había dinero, tan solo un billete de tren y un pasaporte de la RDA. Lo inspeccionó con avidez deteniéndose largo rato en la foto, no conocía al tipo. Mirándose en el reflejo del agua que estaba pisando se quedó perplejo, era él.
- ¡Me llamo Wolfgang! ¡Wolfgang! ¡Wolfie! ¡sí!-
Se sorprendió a si mismo gritando su nombre en mitad de la nada y trató de contenerse. Miró en todas direcciones por si alguien le había oído. En un extremo del descampado una mujer enfilaba uno de los senderos que rasgaban la maleza, no parecía haberle visto. Raudo atravesó dos frondosos arbustos y huyó de la mujer rumbo al centro de la ciudad.
CONTINUARÁ...